“Las ideas no se matan”

El “Flaco” Salinas y La lengua de doble filo, una historia de periodismo barrial. Por Juan Carlos Villalba.

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I
El periodismo barrial era considerado, hasta hace poco tiempo, de segunda o tercera categoría, incluso se lo satirizaba en programas televisivos (recordar  “La voz del Rioba”, con Minguito Tinguitella).
Hoy, periodistas profesionales realizan esta tarea con orgullo.
Existen talleres de periodismo barrial, análisis psicológico del periodismo vecinal o el periodismo barrial y su función en la comunidad.
Hay debates sobre Periodismo Alternativo y se lo considera imprescindible para rescatarnos del olvido, destacando además el servicio social que cumple.
En esta  investigación, hallé cientos de artículos y una incalculable cantidad de diarios y periódicos barriales, muchos de un excelente nivel.
Lo que no encontré, es alguno que se parezca al que se editaba en mi barrio y que provocara una empatía tan extraordinaria con sus lectores.
Creo, ciertamente, que no existe, ni existirá otro igual.
Aquel diario, creado y dirigido por “el flaco Salitas”, publicaba exclusivamente las cosas que se hablaban en el almacén o la carnicería,  es decir, “el chisme puro, extraído de su fuente original”.
Las noticias eran de este tenor:
Nuestro querido amigo “Tachi”, el levantador de quiniela, dijo que, a la gorda Zulema (la de la esquina) no le fía más. Y agregaba… ¿por qué será?
La gorda Teresa casi se agarra de los pelos con la polaca de la otra cuadra… parece que por un asunto de polleras…  ¿…o de pantalones…?
La Vasca del almacén aumentó la yerba… A Ud. qué le parece? ¿Ya ni mate puede tomar un pobre?
“Murió Quique” (sin apellido), publicó  un día. No hace falta -se justificó-, la gente no quiere leer noticias tristes.
El viejo Alejandro está insoportable, dice que los pibes no le dejan dormir la siesta. ¿Qué quiere?
“Don Goyo”, el regador del barrio, no pasa más por acá porque se peleó con la vieja Isolina (por un chusmerío). Y remataba: Déjese de joder “Don Goyo”, no aguantamos más la polvareda.
Estas publicaciones generaban risas y enojos, simpatías y odios, pero siempre más de lo primero, por lo que “El diarito del flaco” (que así lo llamaban) era un éxito.
II
Aquel boletín tenía un título impactante y abarcativo: “La lengua de doble filo”, un nombre tal vez demasiado presuntuoso para el nivel cultural del barrio, pero a las viejas les gustó enseguida. Y aunque desconocían el origen de aquellas palabras, inmediatamente lo adoptaron como sinónimo de chusmerío, adjudicándole a cualquier vecina la tenencia de un órgano de esas características, agregándole cantidad de filos según su parecer, cosa que todas hacían alegremente.
Para los pibes del barrio fue nuestro primer contacto con la literatura universal, pues fue “Salitas” quien nos hizo conocer aquello de “…Me lo dijeron ayer, las lenguas de doble filo… Que te casaste hace un mes y me quedé tan tranquilo…” / “ …que a pesar de no haber sido ni tu novio, ni tu esposo ni tu amante… fui quien más te ha querido, con eso tengo bastante…”. Y nos ilustró sobre la vida y obra de Rafael de León.
El éxito de la publicación hizo que se incorporara a la vida cotidiana del barrio como un elemento de conversación y divertimento indispensable en la charla  de cada día.
Al poco tiempo empezó a ser usado para pasar mensajes encubiertos entre amantes.
En Sociales, por ejemplo, era común ver: “La señora del Dr. Stampone (por decir un nombre) lamenta no poder asistir al baile en la Sociedad Colombófila, el próximo sábado, ya que su esposo asistirá a un Congreso Médico en la localidad de Villa María, Córdoba, por lo que deberá quedarse sola en casa, todo el fin de semana”.
O: “La señorita Julia, debido a un esguince de tobillo, no podrá acompañar a su mamá a la procesión de San Roque, el próximo domingo. Durante el tiempo que dure la procesión rezará, sola en su casa, una novena al patrono de la salud”.
En una sección llamada “Ojo al piojo”, son inolvidables las advertencias que el flaco nos hacía a los pibes del barrio sobre posibles peligros en nuestras travesuras.
“El viejo Navarrete -escribía- dice que tiene la escopeta cargada con cartuchos de sal para sacudirle a los que le roban naranjas y mandarinas a la hora de la siesta”.
Otra vez publicó: “En la fábrica de soga hay un nuevo sereno que camina toda la noche armado con un revólver. Dicen que el dueño está cansado de que le roben tantos ovillos de hilo para barrilete”.
O: “Andan buscando en el barrio a los que pintaron como una cebra, el petiso del viejo “Occhi”. Al que le encuentren el tarro de pintura negra y el pincel lo van a meter en cana”.
El  flaco se había convertido en una especie de ídolo, las viejas le pasaban papelitos con chismes por debajo de la puerta, las minas lo saludaban con marcado interés, los pibes le hacíamos el reparto gratis y los muchachos le agradecían los datos y mensajes publicados.
III
“Los calzones de la vecina Alicia son chiquitos y colorados”, decía el titular. Y aunque el desarrollo de la noticia estaba hecho con prudencia y respeto, fue como una bomba, cuya onda expansiva se llevó el prestigio y la admiración que el flaco había conseguido en poco tiempo.
“Degenerado”,  fue lo más suave que le dijeron.
Pasó de querido a despreciado, de pícaro a pervertido, de simpático a baboso.
Todo en un instante.
No solo el flaco fue condenado por “la opinión pública”. Fue la primera vez en mi vida que escuché aquello de “Por algo será” (lamentablemente no fue la última). “…Si lo publicó…”, decían las viejas, y dejaban un suspenso que ponía en duda la conducta de Alicia.
Para el concepto de moral que tenían aquellos vecinos, “Una Señora” no podía usar calzones colorados… y menos que fueran chiquitos.
-Solo publiqué la verdad,  dijo el flaco intentando defenderse.
Pero no le alcanzó
IV
Alto y delgado, caminando solo, por la calle, parecía Gary Cooper en “A la hora señalada”, buscando una ayuda que no encontró, pues todos temieron comprometerse.
Lo que “Salitas” buscaba era una palabra amistosa, un gesto afectivo o una mirada cómplice que tampoco consiguió.
El puritanismo exagerado de aquellas personas (producto quizás de antiguas creencias religiosas o una educación represiva) aceleró el final del Boletín Barrial.
Sumado a esto, el rumor de que alguna vecina casada lo visitaba a solas en “la redacción”, y el temor a una venganza hicieron insostenible su permanencia en el lugar.
Ante el inminente exilio barrial, poseído de una mística adquirida en las novelas de Julio Verne (y que lo acompañaría toda la vida), mandó llamar a Clarita, su noviecita del barrio.
Sintiéndose el correo secreto del Zar, parado en el medio de la pieza, con sus infaltables zapatos blancos y vestido totalmente de negro, dijo:
– Clarita, debemos escaparnos esta misma noche… Como Miguel Strogoff, debo llevar las noticias a cualquier precio (hizo una pausa), y tú serás mi Nadia Fedor.
– Flaco, ¿estás en pedo?, preguntó la piba.
– No, huyamos ya, antes de que los malditos mongoles nos atrapen, dijo exaltado.
Clarita, como la heroína de la novela de Julio Verne, tenía 16 años, pero (además de estar buena) era dueña de una extraordinaria madurez.
-Me voy a dormir -dijo fastidiada-, mañana empiezo a laburar en la algodonera.
Y se fue (no puedo decir por hombre las cosas que ella le dijo).
Esa noche, antes de irse, “Salitas” repartió casa por casa un panfleto que decía:
“Bárbaros… las ideas no se matan”.
Esta pintoresca y divertida historia de barrio, fue la versión tragicómica y premonitoria de lo que iba a acontecer años después.
V
A mitad de la década del setenta, “Salitas” volvió a Escobar. Seguía usando  zapatos blancos y continuaba escribiendo, aunque ya lo hacía de manera profesional y muy comprometido políticamente.
Lo que sigue me lo contó “Veguita”, un amigo del barrio.
Dice que una noche escuchó la frenada de varios autos, gritos y tiros, que se levantó en silencio, y con la luz apagada vio, a través de una mirilla, las piernas de un cuerpo tendido boca arriba.
Varios tipos con botas, que caminaban alrededor y hablaban a los gritos, se lo llevaron  a la rastra, sin que pudiera verle la cara.
Dice que aquel hombre tenía zapatos blancos.
-Hacía muchos años que no rezaba,  pero esa noche lo hice, concluyó conmovido.
No puede asegurar que fuera “Salitas”. Pero al flaco no lo vimos NUNCA MAS.
FIN
Juan Carlos Villalba – Marzo de 2008

I

El periodismo barrial era considerado, hasta hace poco tiempo, de segunda o tercera categoría, incluso se lo satirizaba en programas televisivos (recordar  “La voz del Rioba”, con Minguito Tinguitella).

Hoy, periodistas profesionales realizan esta tarea con orgullo.

Existen talleres de periodismo barrial, análisis psicológico del periodismo vecinal o el periodismo barrial y su función en la comunidad.

Hay debates sobre Periodismo Alternativo y se lo considera imprescindible para rescatarnos del olvido, destacando además el servicio social que cumple.

En esta  investigación, hallé cientos de artículos y una incalculable cantidad de diarios y periódicos barriales, muchos de un excelente nivel.

Lo que no encontré, es alguno que se parezca al que se editaba en mi barrio y que provocara una empatía tan extraordinaria con sus lectores.

Creo, ciertamente, que no existe, ni existirá otro igual.

Aquel diario, creado y dirigido por “el flaco Salitas”, publicaba exclusivamente las cosas que se hablaban en el almacén o la carnicería,  es decir, “el chisme puro, extraído de su fuente original”.

Las noticias eran de este tenor:

Nuestro querido amigo “Tachi”, el levantador de quiniela, dijo que, a la gorda Zulema (la de la esquina) no le fía más. Y agregaba… ¿por qué será?

La gorda Teresa casi se agarra de los pelos con la polaca de la otra cuadra… parece que por un asunto de polleras…  ¿…o de pantalones…?

La Vasca del almacén aumentó la yerba… A Ud. qué le parece? ¿Ya ni mate puede tomar un pobre?

“Murió Quique” (sin apellido), publicó  un día. No hace falta -se justificó-, la gente no quiere leer noticias tristes.

El viejo Alejandro está insoportable, dice que los pibes no le dejan dormir la siesta. ¿Qué quiere?

“Don Goyo”, el regador del barrio, no pasa más por acá porque se peleó con la vieja Isolina (por un chusmerío). Y remataba: Déjese de joder “Don Goyo”, no aguantamos más la polvareda.

Estas publicaciones generaban risas y enojos, simpatías y odios, pero siempre más de lo primero, por lo que “El diarito del flaco” (que así lo llamaban) era un éxito.

II

Aquel boletín tenía un título impactante y abarcativo: “La lengua de doble filo”, un nombre tal vez demasiado presuntuoso para el nivel cultural del barrio, pero a las viejas les gustó enseguida. Y aunque desconocían el origen de aquellas palabras, inmediatamente lo adoptaron como sinónimo de chusmerío, adjudicándole a cualquier vecina la tenencia de un órgano de esas características, agregándole cantidad de filos según su parecer, cosa que todas hacían alegremente.

Para los pibes del barrio fue nuestro primer contacto con la literatura universal, pues fue “Salitas” quien nos hizo conocer aquello de “…Me lo dijeron ayer, las lenguas de doble filo… Que te casaste hace un mes y me quedé tan tranquilo…” / “ …que a pesar de no haber sido ni tu novio, ni tu esposo ni tu amante… fui quien más te ha querido, con eso tengo bastante…”. Y nos ilustró sobre la vida y obra de Rafael de León.

El éxito de la publicación hizo que se incorporara a la vida cotidiana del barrio como un elemento de conversación y divertimento indispensable en la charla  de cada día.

Al poco tiempo empezó a ser usado para pasar mensajes encubiertos entre amantes.

En Sociales, por ejemplo, era común ver: “La señora del Dr. Stampone (por decir un nombre) lamenta no poder asistir al baile en la Sociedad Colombófila, el próximo sábado, ya que su esposo asistirá a un Congreso Médico en la localidad de Villa María, Córdoba, por lo que deberá quedarse sola en casa, todo el fin de semana”.

O: “La señorita Julia, debido a un esguince de tobillo, no podrá acompañar a su mamá a la procesión de San Roque, el próximo domingo. Durante el tiempo que dure la procesión rezará, sola en su casa, una novena al patrono de la salud”.

En una sección llamada “Ojo al piojo”, son inolvidables las advertencias que el flaco nos hacía a los pibes del barrio sobre posibles peligros en nuestras travesuras.

“El viejo Navarrete -escribía- dice que tiene la escopeta cargada con cartuchos de sal para sacudirle a los que le roban naranjas y mandarinas a la hora de la siesta”.

Otra vez publicó: “En la fábrica de soga hay un nuevo sereno que camina toda la noche armado con un revólver. Dicen que el dueño está cansado de que le roben tantos ovillos de hilo para barrilete”.

O: “Andan buscando en el barrio a los que pintaron como una cebra, el petiso del viejo “Occhi”. Al que le encuentren el tarro de pintura negra y el pincel lo van a meter en cana”.

El  flaco se había convertido en una especie de ídolo, las viejas le pasaban papelitos con chismes por debajo de la puerta, las minas lo saludaban con marcado interés, los pibes le hacíamos el reparto gratis y los muchachos le agradecían los datos y mensajes publicados.

III

“Los calzones de la vecina Alicia son chiquitos y colorados”, decía el titular. Y aunque el desarrollo de la noticia estaba hecho con prudencia y respeto, fue como una bomba, cuya onda expansiva se llevó el prestigio y la admiración que el flaco había conseguido en poco tiempo.

“Degenerado”,  fue lo más suave que le dijeron.

Pasó de querido a despreciado, de pícaro a pervertido, de simpático a baboso.

Todo en un instante.

No solo el flaco fue condenado por “la opinión pública”. Fue la primera vez en mi vida que escuché aquello de “Por algo será” (lamentablemente no fue la última). “…Si lo publicó…”, decían las viejas, y dejaban un suspenso que ponía en duda la conducta de Alicia.

Para el concepto de moral que tenían aquellos vecinos, “Una Señora” no podía usar calzones colorados… y menos que fueran chiquitos.

– Solo publiqué la verdad,  dijo el flaco intentando defenderse.

Pero no le alcanzó

IV

Alto y delgado, caminando solo, por la calle, parecía Gary Cooper en “A la hora señalada”, buscando una ayuda que no encontró, pues todos temieron comprometerse.

Lo que “Salitas” buscaba era una palabra amistosa, un gesto afectivo o una mirada cómplice que tampoco consiguió.

El puritanismo exagerado de aquellas personas (producto quizás de antiguas creencias religiosas o una educación represiva) aceleró el final del Boletín Barrial.

Sumado a esto, el rumor de que alguna vecina casada lo visitaba a solas en “la redacción”, y el temor a una venganza hicieron insostenible su permanencia en el lugar.

Ante el inminente exilio barrial, poseído de una mística adquirida en las novelas de Julio Verne (y que lo acompañaría toda la vida), mandó llamar a Clarita, su noviecita del barrio.

Sintiéndose el correo secreto del Zar, parado en el medio de la pieza, con sus infaltables zapatos blancos y vestido totalmente de negro, dijo:

– Clarita, debemos escaparnos esta misma noche… Como Miguel Strogoff, debo llevar las noticias a cualquier precio (hizo una pausa), y tú serás mi Nadia Fedor.

– Flaco, ¿estás en pedo?, preguntó la piba.

– No, huyamos ya, antes de que los malditos mongoles nos atrapen, dijo exaltado.

Clarita, como la heroína de la novela de Julio Verne, tenía 16 años, pero (además de estar buena) era dueña de una extraordinaria madurez.

– Me voy a dormir -dijo fastidiada-, mañana empiezo a laburar en la algodonera.

Y se fue (no puedo decir por hombre las cosas que ella le dijo).

Esa noche, antes de irse, “Salitas” repartió casa por casa un panfleto que decía:

“Bárbaros… las ideas no se matan”.

Esta pintoresca y divertida historia de barrio, fue la versión tragicómica y premonitoria de lo que iba a acontecer años después.

V

A mitad de la década del setenta, “Salitas” volvió a Escobar. Seguía usando  zapatos blancos y continuaba escribiendo, aunque ya lo hacía de manera profesional y muy comprometido políticamente.

Lo que sigue me lo contó “Veguita”, un amigo del barrio.

Dice que una noche escuchó la frenada de varios autos, gritos y tiros, que se levantó en silencio, y con la luz apagada vio, a través de una mirilla, las piernas de un cuerpo tendido boca arriba.

Varios tipos con botas, que caminaban alrededor y hablaban a los gritos, se lo llevaron  a la rastra, sin que pudiera verle la cara.

Dice que aquel hombre tenía zapatos blancos.

– Hacía muchos años que no rezaba,  pero esa noche lo hice, concluyó conmovido.

No puede asegurar que fuera “Salitas”. Pero al flaco no lo vimos NUNCA MAS.

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FIN

Juan Carlos Villalba – Marzo de 2008

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