El rock de la zona: una espada convertida en lanza

Días atrás recibimos una noticia poco alentadora sobre el cierre de un bar especializado en la música que tanto amamos: el rock, nuestro rock. Por Abel Yardín.

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La falta de espacios para el desarrollo musical afecta a muchas personas y termina por oscurecer la cultura local. No se puede permitir más que la esfera pública no vea estos detalles tan importantes o se desentienda de los hechos.

Por Abel Yardín . Músico escobarense

El desaliento cotidiano

Días atrás recibimos una noticia poco alentadora sobre el cierre de un bar especializado en la música que tanto amamos: el rock, nuestro rock.

En esta zona -digamos Pilar, Escobar, Campana, Pacheco, Zárate y demás- se vienen sintiendo a lo largo de los años las bajas más significativas en torno a estos espacios. Los cierres y/o clausuras por habilitaciones, la gran cantidad de impuestos y/o permisos que se deben disponer y abonar para estar en regla, la falta de promoción cultural y las pocas ganas por parte del espectro público en su acción convergen en este plano metódicamente.

Gracias a todo esto, cada lugar con una propuesta artística diferente se ve afectado en su continuidad a lo largo de los años, inmortalizando la histórica bronca de no disponer de un espacio decente en tu barrio para divertirse, escuchar, conocer y liberar las emociones que tanto y tan bien nos tiene acostumbrado este estilo musical.

Pero esto no termina ahí. Dicha problemática afecta directamente al empeño, al trabajo y a la profesionalización de muchos miembros activos de nuestra comunidad: músicos, artistas, sonidistas, multimedios zonales, trabajadores y al público en general.

Everlong, con todos sus pros y contras, y con su historia latente, nos permitía canalizar la expresión a través de la sublimación de nuestro inconsciente, como diría S. Freud. En términos más ligeros: se podía rockear bien piola. Allí encontrábamos un espacio para el desarrollo del aprendizaje y el desenvolvimiento de una pasión que se conserva intacta a lo largo del tiempo como formadora efectiva de subjetividades (personalidades) y un símbolo de permanencia social como cualquier institución dentro de nuestra cultura.

Everlong, como los tantos otros “reductos” zonales en los cuales tuve la suerte de estar y sonar con mi instrumento, te dejaban algo: la oportunidad de ser uno mismo y volcar esa inmaterialidad que tiene la música.

Los rockeros como fenómeno social local

El rock, como todas las cosas dentro de este sistema económico, es un negocio, pero también, como todas las cosas de este sistema, es un gran negocio para unos pocos. Hay quienes pueden y quienes no y esa injusticia se debe equilibrar.

Allí comienza a correr la responsabilidad del Estado para tapar la mano oscura del mercado y restablecer la equidad. De igual manera, y muy a pesar de todo, el rock local creció y logró convertirse en un fenómeno social único e inquebrantable para nuestra comunidad.

Nos permitió ver las cosas desde otro punto de vista. Nos transformó en idealistas, amantes de la vida, transformadores de las tristezas sociales en alegría. Nos sedujo en la poesía, en el amor, y nos otorgó herramientas para luchar cotidianamente en la vida. Tomamos su espada y la convertimos en lanza para interpretar el mundo y modificarlo en algo mejor. Alguien, aunque sea el más retrógrado palurdo, ¿podría dejar de afirmar que el rock fue, es y será una expresión de la contundencia cultural de una sociedad? No lo creo.

Entonces, estamos delante de un tesoro único que nació en nuestras calles, en nuestros barrios, de parte de nuestra propia gente. El rock es un valor cultural en sí mismo, un diamante en bruto de los mejores y debe cuidarse, porque siempre habrá quienes tienen mucho para dar en su entorno y eso se reproduce año a año. Podrían ser nuestros hijos, nuestros amigos y todos ellos juntos siempre serán nuestros vecinos.

Estos “luchadores” engrandecen a nuestra comunidad, a nuestros municipios, porque su música nació y se crió en las mismas calles que habitualmente transitamos. Ya es hora de entender, de una vez por todas, que el músico vive afectado por su medio y esa impronta se lleva en los acordes, en sus melodías y su prosa.

La actitud pública

La falta de espacios para el desarrollo musical afecta a muchas personas y, peor aún, termina por oscurecer la cultura local. No se puede permitir más que la esfera pública no vea estos detalles tan importantes o se desentienda de los hechos. ¿Llegará el día en que nuestros políticos locales comprendan estos sucesos y se valoren los espacios privados donde se produce este fenómeno? ¿Se podrá otorgarles mayor cintura para su funcionamiento? ¿Podremos ver políticas activas constantes para que puedan desarrollarse nuestros talentos locales? Ojalá.

Hay que reconocer que algunas cosas se intentaron hacer. En 20 años que llevo en la música quizás me alcance con la primer octava de mi bajo para contar las que se lograron y me sobran otras tres cuerdas con 24 trastes cada una para enumerar la cantidad de veces que no se hizo nada, pero algo es algo.. ¿no?

También hay que reconocer que fueron tibios paliativos para situaciones específicas, pero el conjunto, allí donde se ven los pingos, terminó por desbordarles. Gente, del plano público, que no pertenecía al “palo” y que en algunos casos no eran siquiera artistas, tomaron la posta pero fracasaron, como era de esperarles. Nunca pudieron prosperar en el tiempo con tamaña empresa. El rock les quedó muy pero muy grande, y claro, eran personas con un alma muy chica.

Fortunate Son

Es necesario entender que hacer rock implica un sacrificio. Jimmy Hendrix dijo una vez: “Uno es rockero las 24 horas del día”. Desde ahí en adelante el famoso lema “sexo, droga y rock and roll” solo quedó como una postal rebelde para las clases altas y las películas. En nuestro tiempo y en nuestra ciudad, si querés hacer las cosas bien se debe trabajar mucho y sin pausa, sumar incontables horas de ensayo y luchar cara a cara contra la frustración y el deseo.

Se debe invertir mucho dinero en equipos e instrumentos para cada día superarse un poco más. Si no tuviste la suerte de ser un hijo afortunado a quienes tus padres le bancan la gira (con plata todo es más fácil), tu destino es trabajar ocho o más horas de algo para lo que no fuiste hecho y así, con todo lo que eso significa, poder lograr un poco de libertad musical.

Pero no todo termina ahí: ser un músico implica también tocar, tocar, tocar y tocar. Se necesita aprender de uno mismo y de la música en sus grandes aspectos. También implica compenetrarse con otros hasta lograr darle forma precisa a algo. Cuando se tiene el grupo formado y se alcanzó un poquito el sueño de Jimmy, se debe llegar al día de una presentación. Entonces, luego de tanto caminar, nos topamos con un comerciante barato que te exige vender muchas entradas para acceder a su “boliche”. Si no, tu música no vale nada.

Resumiendo: desde los 90´hasta acá vimos cerrar muchos lugares, por supuesto vimos nacer otros, pero siempre dentro de esta simbiosis, salvo algunas raras excepciones, los lugares no perduran. Desde Cromagnon hasta el presente todo vino lamentablemente en picada y presenciamos en vivo y en directo el abandono de los municipios sobre estos temas, tanto en lo referido a seguridad como en promoción de la cultura musical.

Desde aquellas primeras bandas de la zona en los años 80´ hasta la actualidad, el movimiento rockero zonal no paró de crecer. Cada año tenemos nuevas bandas, nuevas producciones, nuevas movidas pero como siempre, los lugares escasean. Quienes estamos en el tema sabemos que existe mucho talento en nuestras localidades y por muchos factores no les estamos dando una oportunidad, no les estamos permitiendo ser. Los estamos dejando caer.

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