“La Revolución Birlada”

“¿Por qué pueblos que en más o en menos tienen la misma historia presentan realidades tan diferentes?”. Escribe Jorge Derra.

blank
blank

imagen

Más de una vez hemos oído hablar de las diferencias entre nosotros y las naciones poderosas, Estados Unidos por ejemplo. ¿Por qué pueblos que en más o en menos tienen la misma historia presentan realidades tan diferentes? Tal vez porque las historias, en verdad, no son tan parecidas.

Hay una diferencia sustancial en la colonización de los ingleses y la de los españoles en tierras de América. Los que llegaron desde Inglaterra fueron grupos que venían a instalarse de este lado del océano. Familias y comunidades que se trasladaron para quedarse definitivamente, por eso tomaron el territorio con un sentido de pertenencia y un respeto que faltó por estas latitudes.

El proceso de colonización inglés fue tal vez más cruel y criminal que el español, pero los objetivos con los que llegaron fueron más altruistas.

En efecto, mientras que desde Inglaterra arribaban contingentes de agricultores y ganaderos dispuestos a instalarse en sus tierras y producir riquezas con su propio esfuerzo, el grueso de los llegados de España eran aventureros, comerciantes que simplemente venían a llevarse lo que encontraran para venderlo en Europa, sin demasiado afecto por el territorio que pisaban.

De granjeros y mercaderes debían surgir desarrollos diferentes. 

Si los procesos colonizadores definieron distintas realidades, los procesos revolucionarios que nos independizaron de los europeos no hicieron más que profundizar esas diferencias.

La de EE.UU fue una revolución triunfante, la de América del Sur, derrotada, o, al menos, birlada.

Quedó escrito en la historia que las revoluciones de 1810 fueron procesos impulsados por patriotas que pretendían liberarse del yugo español y comenzar a gobernarse por sí mismos.

Esto, así planteado, es mucho más que una simplificación errónea de la realidad histórica, es una mirada sesgada y tendenciosa que responde a los intereses de los verdaderos triunfadores.

Existe un registro que se empeña en agotar las causas profundas de los movimientos emancipatorios a cierta oportunidad histórica planteada por la decadencia de España y su dominación por parte de la Francia Napoleónica.

Como el rey de España estaba depuesto, los criollos aprovecharon para declarar su libertad respecto de una metropoli que en los hechos no existía.

Para ese registro, el impulso revolucionario tiene un contenido meramente administrativo, ahí se agota su inspiración. Sin embargo, la cuestión es mucho más compleja, tiene un carácter diferente y un origen más remoto que la invasión francesa a España.

Si se hurga en la historia, un poco más allá de lo que nos enseñó el orden prevaleciente en esa revolución birlada, se entenderá lo antedicho.

La visión administrativa de las insurrecciones que llevaron a la independencia americana es funcional a los intereses de la casta que se apoderó de las mismas, esa clase social que niega el largo recorrido de un proceso revolucionario, que podemos rastrear hasta el Siglo XVI, cuando en España se produce la rebelión de los Comuneros, un levantamiento contra la explotación de la clase parasitaria española, su nobleza.

Una inmoral jauría de condes, duquesas, reyes y príncipes, vivían a expensas del pueblo, en medio de los derroches y la abundancia, mientras el común se desangraba en la miseria.

Los Comuneros fueron un germen que, a pesar de la derrota militar, permaneció en el tiempo y se trasladó a América. Los habitantes de la Asunción combativa eran sus descendientes y su espíritu revolucionario estallaría en la rebelión de principios del siglo XVIII, en los llamados Comuneros del Paraguay.

Con un océano y tres siglos de distancia, son la cuerda que transporta el espíritu de la rebelión contra la explotación, contra el ultraje de las clases dominantes.

Es la lucha de clases, cien años antes de que Marx y Engels definieran esas clases en el marco de la sociedad capitalista, porque ellos las describieron, no las inventaron. Las clases sociales les precedieron en tiempo y acciones y esta lucha de clases será uno de los componentes de las insurrecciones del siglo XIX.

El otro componente será la cuestión racial. Los pueblos originarios levantándose contra la explotación y el saqueo, que desde entonces han ejercido los europeos.

Es Tupac Amaru, invocándose como el último Inca, en una rebelión que fue reprimida en forma atroz y el mismo Tupac descuartizado, después de presenciar el asesinato de toda su familia, incluidos sus pequeños hijos.

Ni los Comuneros de Paraguay, ni Tupac Amaru, planteaban la ruptura con la metropolis europea. Se alzaban contra la explotación y la humillación, tanto hacia los originarios como hacia los criollos.

Esta es la verdadera insurrección de 1810, este es el proyecto abortado. Esta es la revolución birlada, la que fue robada.

Ese es nuestro designio histórico: San Martín, Bolívar, Moreno, Belgrano, Sucre, Artigas fueron derrotados. Esa es la verdad histórica, ese proyecto de gran Nación Americana es la representación de esas fuerzas revolucionarias aniquiladas por el oportunismo y la traición de los Saavedra, los Rivadavia, los Mitre, los Roca. Inventaron diez patrias para aniquilar a la patria.

¿Hace falta decir que los intereses de estos traidores están muy lejos de los sueños libertad y unidad de aquellos próceres americanos? Fueron ellos quienes robaron la revolución, la sepultaron bajo la tierra morena de esta América sometida.

Pero la revolución no muere, regresa siempre, con otros nombres, con otras formas, pero con el mismo corazón: La unidad americana. Cada tanto se levanta de su tumba, se sacude la oscuridad de una historia falseada y reluce con el brillo de la esperanza. Y su lucha tiene otros cauces y otras convocatorias.

Llama ahora por el fin de la explotación, en defensa de los ríos, de las selvas, las montañas y los que un día se llamaron Comuneros y Tupac, luego fueron Zapata, Sandino, Arbens, Torrijos y hasta Perón, hoy se llaman Marcos y Chiapas, Evo y Chávez, el ALBA y hasta la UNASUR.

Aunque las fuerzas del imperio se empeñen una y otra vez en sepultarla, en robarla, en desaparecerla. La revolución americana, la verdadera, la que nos birlaron, está ahí abajo. Escarbemos la ignominia de la esclavitud, hasta encontrar la libertad. 

Aunque nos sangren las manos, porque: ¡¡¡Qué libres vamos a crecer!!!

Y al fin veo tus ojos / Que suben desde el fondo
Y empiezo a amarte/ Con toda mi piel
Y escarbo hasta abrazarte/
Y me sangran las manos
Pero qué libres vamos a crecer

Charly García / Rasguña las piedras

Por Jorge A. Derra / Militante social y ex concejal Frepaso

Dejá tu comentario

Seguí leyendo