“El botellero”

La mujer permanecía detrás de la puerta, apoyada en ella, con los ojos desorbitados y las manos puestas tapando su boca. Quedó ahí por largo rato, porque esperó a recuperarse de la sorpresa que le causó el diálogo que acababa de tener con el botellero que pregonaba momentos antes por el frente de su casa. […]

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La mujer permanecía detrás de la puerta, apoyada en ella, con los ojos desorbitados y las manos puestas tapando su boca. Quedó ahí por largo rato, porque esperó a recuperarse de la sorpresa que le causó el diálogo que acababa de tener con el botellero que pregonaba momentos antes por el frente de su casa.

El marido estaba en cama desde hacía bastante tiempo y ella solo se ocupaba de atenderlo, de darle los medicamentos, alimentarlo y ayudarle para ir al baño o alcanzarle el papagayo para que pudiera orinar sin levantarse. El hombre tenía varios problemas de salud, pero el principal era un cáncer que lo iba consumiendo lentamente y que hacía prever un final que lo atormentaría. Ya no tenía cura y todo lo que los médicos hacían era mejorar su calidad de vida.

Lo de ella también parecía no tener cura. Pero no se trataba de ningún mal físico; todo se relacionaba con aquel botellero que pasó por ahí, el ciruja con el que había terminado de hablar. La mujer no atinaba a moverse, sólo intentaba volver a sus cabales, pero no lo conseguía.

El marido la llamó una vez, y estaba segura de que no volvería a llamarla. Él sabía que si su mujer no acudía enseguida, era porque estaba ocupada o bien habría salido a hacer alguna compra. Pero como ella le había gritado que esperara un segundo, supuso que algún menester de la casa la tenía entretenida, por lo que se resignó a esperarla serenamente.

Ella se tomó su tiempo, y no lograba acortar esos minutos, que se fueron haciendo interminables, insoportables.
Tengo que darle el comprimido de las once –pensó-. Pero por más que se esforzara no podía salir de su estado de asombro y de locura que la habían paralizado. Intentó moverse e ir hacia la habitación para atender a su esposo; sin embargo, se dio cuenta de que seguía con los ojos fuera de sus órbitas y aun tapaba la boca con sus manos; entonces decidió volver a apoyarse contra la puerta de entrada, como estaba antes.

Gerli es un lugar de la provincia de Buenos Aires donde predomina una clase media de trabajadores calificados y donde no se asientan sectores carenciados. Los buscadores de botellas, metales, ropa vieja o deshechos merodean más por la zona de Lanús Oeste, buscando el mísero sustento en la miseria misma.

El botellero en este barrio no es frecuente, y el que recorre la zona conduce su carro en busca de muebles y electrodomésticos que deshecha el vecino de esa ciudad. Llamó la atención de ella la insistencia con que este ciruja pregonaba casi al frente de la puerta misma de su casa.

La curiosidad la llevó a asomarse por el ventiluz, y vio un carro prolijamente fileteado con motivos tangueros y una cara de Carlos Gardel estampada en uno de los costados. Llegaba desde la calle un hedor pestilente, producto de la orina de un caballo que daba la impresión de estar tan descuidado como su dueño. Subido al carro había un hombre de expresión hosca, vestido con prendas de lana en pleno verano, con mangas rotosas y pantalones peores.
Exhibía una faja negra y un facón con funda finamente labrada, en metal blanco, como queriendo reafirmar que detrás de esa pobreza miserable quedaba algún resabio de dignidad criolla, gauchesca. Sin embargo, lo deplorable del resto, el abandono de su barba, y el cabello apelmazado por la tierra, más desprolijo que las crines del animal, hacían desaparecer cualquier atisbo de digna sensatez.

– ¿Tiene algo para vender señora?, le dijo con voz gruesa, ronca. Los botelleros tienen ese timbre de voz, será de tanto gritar en la calle, de pregonar, de alborotar a la barriada.
– Por ahora nada señor, dijo ella; pero enseguida el hombre le preguntó si ella era… Y la mencionó con nombre y apellido.

Se decidió a abrir la puerta, total en el frente había rejas. – ¿Usted quién es? Yo no lo conozco. Y sin mediar palabras, el hombre se despachó con lo que había venido a decirle.

Lo miraba alejarse en el carro, sin atinar a hacer nada. Cerró la puerta y se apoyó sobre ella, tapando su boca con las manos, y sin poder controlar sus ojos, que quedaron desorbitados. Después de un rato, decidió alcanzarle al marido lo que debía. Sin embargo, se sentía nefasta, entendía que la expresión desaliñada de su rostro delataría que algo le había ocurrido.
Su esposo tomó la píldora con la mano, y antes de agarrar el vaso con agua que la mujer portaba en una bandeja, amagaba a meter el comprimido en la boca, pero antes se despachaba con alguna frase.

– ¿Cómo está el día afuera?

Ella se encogió de hombros.

– ¿Llegó alguna correspondencia que hace un rato abriste la puerta?

La mujer solo negó con la cabeza.

– Ay querida, sabemos que no me queda mucho tiempo…

Pero su querida estaba en otra cosa.

– Cuando yo no esté, no te quedes sola, acordate que siempre te dijeron que tenés un hermano, tratá de encontrarlo…
De golpe cayó sobre la cama la bandeja y el vaso con agua, mientras el hombre veía a su esposa cómo tapaba su boca y su nariz con ambas manos y los ojos se le salían de las órbitas otra vez.
Autor: Eduardo M. Tropeano

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